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  • Writer's pictureDaniela Ibáñez

El empresariado en emergencia



Durante toda mi vida, la conferencia empresarial CADE había sido una especie de misterio. A pesar que el contenido de las exposiciones ha sido público durante cierto tiempo, ver una que otra ponencia desde una televisión o una laptop no equivalen a vivir la experiencia de inicio a fin, de palpar el ambiente incluyendo los ánimos de los participantes y de experimentar cómo funciona la interacción entre figuras de las altas esferas empresariales, funcionarios públicos o figuras relevantes. Este año tuve la oportunidad de asistir a dicha conferencia tras un concurso realizado por IPAE, en el que se convocaron a 22 jóvenes talentosos de varias regiones y con diversas iniciativas que buscan el desarrollo de nuestro país.


Definitivamente, como le dije también a mis compañeros, era la más política del grupo. Más allá de mis posiciones políticas personales - las cuales tengo, ciertamente - considero que mi campo es el análisis y la observación de las dinámicas interpersonales y del contexto sociopolítico e histórico en el que nos encontramos. Como tal, la asistencia a este CADE para mi ha sido crucial, pues nos encontramos en un momento muy particular en nuestra historia republicana. Es un momento en el que las instituciones públicas están bajo asalto - su deterioro, inclusive, ya viene de hace varios años - y las instituciones privadas están en una severa crisis, por un lado, y por un contundente ataque, por el otro. El encuentro en Paracas, como decía Oscar Rivera - quien ha atendido a los 60 CADEs - fue plasmado inicialmente para ser una especie de retiro espiritual en el que los empresarios se convocan para tener una introspección colectiva. Este CADE, sin embargo, tuvo una característica adicional - se sintió como un comité de guerra reunido en la trinchera, en un espacio artificialmente seguro, viendo los siguientes pasos para garantizar su sobrevivencia. Por lo tanto el lema, los peruanos en acción.


Nos encontramos en una época particular en que el grupo que actualmente ostenta el poder, visualiza al empresariado - o como ellos buscan tildarlos, la élite económica - como el enemigo. Por ello, Castillo brilló por su ausencia, capaz el primer Presidente desde que se organiza esta conferencia en no asistir. Lidera un gobierno con aliados ideológicos de izquierda que considera la generación de riqueza como algo malo, que el sector estatal se tiene que expandir, que el sector privado debe ser cada vez más vigilado por el Estado. Es un gobierno que omite una realidad que nadie puede negar si ve las cifras, y es que en los últimos 30 años el crecimiento de la actividad privada ha permitido que se achiquen las desigualdades, que se reduzca la pobreza por 30% en 20 años, y que haya una generación que haya vivido como nunca antes se vivió en el Perú: sin terror y con optimismo. Ese ha sido el fruto del modelo económico, pero Castillo y sus aliados no lo ven así; capaz porque no lo vivieron, porque el desarrollo, definitivamente no llegó equitativamente a todo el territorio nacional.


No todo ha sido color de rosa, y ciertamente sería mentirnos al decir que todos nuestros problemas se resolverán en el corto o mediano plazo. Uno de esos problemas, es que el empresariado tiene que mejorar su reputación y debe de estar más consciente de la opinión de una gran parte de la población. Según la última encuesta de IPSOS, mientras que 81% de los empresarios encuestados en CADE creen que contribuyen al desarrollo de sus regiones, tan solo 31% de la población en general tendría la misma creencia. Así mismo, mientras que 60% de los empresarios manifiestan que las empresas son íntegras y honestas, 75% de la población cree exactamente lo contrario. Definitivamente el empresariado, al igual que el país en general, vive una crisis espiritual.


La crisis también es material. A principio de año, el Banco Central de Reserva estimó que la inversión privada no crecería este año. Pero el problema para el empresariado no empezó con Castillo y un gobierno que atacó la actividad privada desde el 1er dia, con amenazas de nacionalizaciones - Guido Bellido - con cierres unilaterales de minas - Mirtha Vásquez - con regulaciones laborales con agendas ideológicas - Iber Maraví, Bettsy Chávez, Alejandro Salas - o con conflictos sociales sin disipar - Aníbal Torres. Veníamos de una de las cuarentenas más estrictas del mundo por la pandemia, que paralizaron sectores enteros de la economía en la época Vizarrista, de una crispación insostenible entre el Ejecutivo y el Congreso desde la época de PPK, de una época en que la corrupción y el clientelismo se dieron a flor de piel con Ollanta Humala, y un largo etcétera si nos queremos remontar más atrás. Con todo esto, 84% de los asistentes al CADE creen que el Perú están en retroceso; en ese sentido si hay alineamiento con el pensamiento de la mayor parte de la población


Con este pesado bagaje y con un gran sentido de urgencia se llegó a la edición número sesenta de la conferencia empresarial más importante del país. Se notó un genuino esfuerzo de parte de los organizadores y de varios de los ponentes de querer no solamente quedarse en reflexiones sino en tratar de visibilizar que se está haciendo o proponiendo desde el empresariado para mejorar al país. No faltaron las visiones realistas y los llamados a la acción, tal como la ponencia de Waldo Mendoza en el que reflexionó si somos un milagro o un desastre - ¿o un poco de ambos? - o la de David Tuesta en el que se expusieron un paquete de propuestas de política pública que tanto necesitamos. Se buscó poner en diálogo al sector privado con el sector público, como reflejó la composición de las exposiciones. Uno que otro participante fue más audaz que otro, incluyendo a Julio Velarde que admitió que sin participación política no tendremos verdaderos avances.


El CADE no debe morir. Es la reflexión que me llevó, tras asistir una sola vez, pues no quisiera que sea la última. Sin embargo, sí debe de evolucionar. Creo que capaz está de más decirlo pues los primeros que han dicho que esto debe suceder son sus organizadores. En cierta medida, este CADE, ha sido un gran paso en ese camino. Anhelo en que vivamos en un país en que el empresariado no esté en las trincheras de guerra, sino en un campo abierto, seguro, lleno de posibilidades, en que las iniciativas privadas puedan florecer, para que vayamos construyendo paso a paso un país sin pobreza, con calidad de vida, y con desarrollo para todos.


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