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  • Writer's pictureDaniela Ibáñez

Si el Perú fuera parlamentario


Foto: Parlamento suizo

Permitámonos soñar por un rato. Imaginemos que el Perú tuviera un sistema electoral mediante el cual elijamos únicamente a partidos políticos que integrarían el Congreso, y que este, mediante consensos y alianzas políticas, se encargaría de elegir un Primer Ministro, jefe del Ejecutivo. Repito, los ciudadanos saldrían a las urnas a elegir representantes del Legislativo, y una vez dada esta votación, se podría elegir al primer mandatario.

¿Por qué digo, permitámonos soñar? El sistema parlamentario se ha implementado en países europeos que anteriormente eran monarquías, y ahora, algunos de ellos, son monarquías parlamentarias. Distinguen entre jefe de Estado y jefe de Gobierno. El jefe, o la jefa de Estado, es una figura simbólica, trascendente, que tiene más que nada un rol figurativo, que no interviene ni en legislación ni en ejecución de gasto. En algunos países esta figura es un monarca – pensemos en la Reina de Inglaterra – y en otros países este es un presidente – con funciones distintas y más que nada protocolares y cuyo cargo debería durar más tiempo que el del Primer Ministro. Representa el alma de la nación. Por otro lado, el Primer Ministro es el jefe de gobierno, es un gestor, ejecutor que fija la agenda política y legislativa. Además, a la hora de ascender al poder ejecutivo, debe formar un gabinete en consenso con fuerzas políticas del Legislativo que representen una mayoría. De esta manera, el gabinete ministerial, es más representativo de ideológicas y/o proyectos políticos que el de un sistema presidencial.

Sería un cambio radical, pero soñaría con que el Perú fuera un régimen parlamentario. ¿Por qué? Uno de los grandes problemas del Perú es la fe ciega y la idolatría hacia el primer mandatario. Esto nos ha resultado muy inconveniente, ya que ha resultado que, en los últimos 20 años, nuestros primeros mandatarios, hayan salido impunes de la corrupción durante su mandato. Estos mandatarios son vistos no solamente como gerentes, sino también como símbolos, y de allí viene la necesidad de la fe ciega y de ganarse ‘el corazón de la gente’ para gobernar que nos ha llevado a tantos problemas y desilusiones. Por lo tanto, tener un presidente – que supervise, sea diplomático y atienda al protocolo – y un Primer Ministro – que esté a cargo de gerenciar el estado y de consensuar con otras fuerzas políticas – sería un escenario ideal.

Además, una de las consecuencias de nuestro régimen presidencialista es que tenemos no sólo una campaña electoral sino dos al mismo tiempo, y que no interactúan entre sí: la primera, a la Presidencia, y la segunda al Congreso. En este sentido, la campaña a la Presidencia absorbe la atención del espectador y del votante, en detrimento de los candidatos Congresales, que son vistos y evaluados en un segundo plano. En nuestro contexto actual con un Congreso tan desprestigiado y con tintes populistas, no nos podemos dar el lujo de tan sólo darle un vistazo a esta campaña. Así mismo, los candidatos Presidenciales en muchas ocasiones, no lo acompañan sus equipos en entrevistas televisivas, ni mucho menos la prensa pregunta por ellos para asegurar el famoso ‘rating’.




Algunos me dirán que esta reforma política es extremadamente radical, que supondría imitar un modelo extranjero e implementarlo en el Perú, cuando nuestras instituciones informales no le serían compatibles. Y esa es una duda que también me aqueja. ¿Creemos los peruanos más en caudillos que en equipos? El mapa cultural de Inglehart y Wenzel del World Values Survey pareciera indicar que si. El Perú se caracteriza por sus valores de sobrevivencia – incluyendo la baja confianza generalizada – y por sus valores tradicionales – que incluyen deferencia por una autoridad fuerte y nacionalista.


Sin embargo, hay ciertas variables que podrían indicar compatibilidad con un sistema parlamentario. Por ejemplo, la mayoría de los peruanos - según la encuestadora IEP - cree que la identidad nacional está basada en la diversidad de procedencia, credos, razas etc. Además, a nivel local, nos caracterizamos por una fuerte actividad comunal, que ha tenido efectos muy positivos en la lucha contra la pobreza, e inclusive en la lucha contra el COVID pensemos en el comité de madres, los comités de vaso de leche, las ollas comunes etc. Ambas variables podrían sugerir que hay instituciones informales y/o culturales en el Perú que serían afín a reglas formales en el accionar político que prioricen al equipo sobre el caudillo.


Si el Perú fuera parlamentario… probablemente estaríamos en otra etapa de nuestro desarrollo. El diálogo, la mayor predictibilidad y la falta de atomización en el ecosistema de partidos políticos capaz nos hubieran fortalecido ante la grave crisis que vivimos hoy. Y así, me permitiré seguir soñando...



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