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  • Writer's pictureDaniela Ibáñez

Una Crisis Democrática sin Desenlace

Una crónica personal acerca de mi experiencia observando la política los últimos 25 años y una reflexión acerca del deterioro democrático en nuestro país


Veinticinco años

Diez Presidentes

Tres segundas vueltas con amenaza comunistas

Dos cierres de Congreso - uno exitoso, otro no

Dos fugas, un intento de fuga frustrado

Dos Presidentes de transición

Una Presidenta de facto (Nadine) y otra de jure (Dina)

Un chino

Un polígamo (que sepamos)

Un borracho

Un orador

Una agenda

Un cuy

Un lagarto

Un schnauzer

Un sombrero

Una dinamita

Una Constitución


Nací en 1997 por lo que me ha tocado vivir 25 años de la política peruana. En realidad, el primer recuerdo que tengo de la política vividamente es la segunda vuelta entre Humala y Keiko, y la campaña mediática de Jaime Bayly en contra del hermano al que Antauro quiere fusilar. Desde ese momento, recuerdo haber tenido ese sentimiento de que el corazón se te hunde en el pecho, como cuando te das cuenta que estas en el punto más alto de la montaña rusa y solo queda bajar a alta velocidad: sin control, sin escape. Desde que tengo recuerdo vivimos en crisis, pero claramente los últimos cinco años, en los que hemos tenido cinco presidentes, han sido los más caóticos de todos.


Vizcarra marcó mi inicio profesional en el análisis político, y Castillo fue la primera elección presidencial tras entrar en el rubro. Recuerdo haber vivido el golpe de Vizcarra en tierras lejanas europeas donde me encontraba recluida para entender la política desde lo académico, me acuerdo del pasillo de la universidad en el que estaba cuando me enteré de la noticia y la librería en la que me encontraba cuando hablaba por teléfono con mi papá a distancia para que me explique un poco mejor la sucesión de los hechos. El siguiente golpe que me tocaría vivir ya sería de regreso en la patria y con más de dos años de experiencia profesional en el rubro. Curiosamente ese día había visitado la RENIEC en la mañana para un trámite del DNI y en la tarde, nuestra nueva Presidenta había sido ex-jefa de este organismo estatal. Coincidencias de la vida.


Esa mañana infame del 7 de Diciembre, ya habíamos vivido tanto que mi reacción al golpe de Castillo fue con una extraña y perturbante serenidad. Cuando fui consultada por alguien que se encontraba preocupado por la situación mi respuesta fue “se va antes de almuerzo”, y así fue. La semana anterior había tenido un sueño con Dina y desde ese momento mi horario de sueño había cambiado naturalmente para despertarme una hora antes cada día; mi subconsciente estaba en modo de alarma de manera pasiva. Me sentí ligeramente aliviada cuando Castillo no se pudo salir con la suya como Vizcarra lo hizo en su momento. Sentí que las cosas encajaban en su sitio cuando vi la foto de él leyendo una revista en la prefactura de Lima, habiendo sido arrestado tras intentar huir del país. Pero no puedo decir que sentí ni alegría, ni júbilo, ni un impulso para salir a gritar a todo pulmón “se fue el sombrero”. Lo que realmente tuve fue una sensación poca sorpresa. Los seres humanos de estas tierras de “crisis-landia” hemos aprendido a evolucionar a un eterno estado de sosiego en momentos de extrema turbulencia, seguido por el súbito pensamiento inmediato del “y ahora qué?”. Ni siquiera se puede decir que si escribiéramos la historia de lo sucedido pudiéramos determinar que en algún punto del tiempo hubiera un desenlace o un clímax que luego baje la tensión, puesto que estar de lleno en la política peruana es vivir una eterna convulsión.


Desapasionadamente pero de manera urgente, la salida de Pedro Castillo del poder si otorga la oportunidad única de desempolvar los binoculares y analizar cuál es el estado actual de lo que nosotros llamamos nuestro sistema democrático con deficiencias extremas. La brevedad en que el golpe fue realmente materializado - 88 minutos entre que Castillo lo anunció y el Congreso lo vacó y la justicia lo arrestó - dio poco tiempo a la población a que procese realmente todos los hechos sucedidos. Vale decir que el peruano promedio ni siquiera se dedica un minuto al día a ver política, y Castillo golpista en ese minuto fue una fracción de segundo, para los desinformados, que son la mayoría. Lamentablemente esto prestó a que los rebeldes de la prensa alternativa y unos cuantos congresistas con pensamientos políticos muy cuestionables - uno de los cuales de manera infame se inventó el término “pelotudeces democráticas” - alteren la narrativa en favor del simple delincuente. Esto suscitó a que miles de personas salgan a protestar a la calle en favor de agendas anti-democráticas como son: la restitución del delincuente, la Asamblea Constituyente y el cierre del Congreso. El grado de movilización no ha sido menor, y ha puesto en primera plana a aquellos compatriotas que le han perdido mucha fe al sistema democrático, y a otros que aprovecharon de la ocasión para quebrar la paz social.


Las acciones de Castillo y compañía y las subsecuentes movilizaciones a su favor, no pueden ser explicadas por lo sucedido desde julio del 2021. En primer lugar tendríamos que remontarnos a la presidencia infame de Vizcarra: el apoyo de un sector importante de la población al cierre del Congreso tuvo el grandísimo costo que vemos hoy. Pero con esto no nos basta, retrocedemos 5 años, 10 años e inclusive 25 y nos quedamos cortos. Observando este plazo de tiempo, podemos ver los siguientes datos tenebrosos:




El apoyo a la democracia como sistema preferible de gobierno viene disminuyendo desde los años 2000. En ese momento del tiempo, 71% de los peruanos manifestaban que apoyaban la democracia mientras que hoy, solo somos 53%. Mientras tanto ha crecido el número de personas que dicen que les da igual tener un sistema democrático o autoritario - 13% desde 1995 (Fuente: Latinobarómetro, 2020).


Desde 1995 vemos que la satisfacción con la democracia se ha ido reduciendo, para ser precisos hay más de un tercio de la población que se ha desencantado del sistema - aproximadamente el nivel de apoyo más alto durante la presidencia de Pedro Castillo. Desde el 2013, vemos que la creencia que la democracia es el mejor sistema de gobierno se ha reducido en 25% - el nivel de apoyo promedio del ex-mandatario golpista (Fuente: Latinobarómetro, 2020).


Hoy, 36% de la población cree que si el país se encuentra en momentos difíciles, está justificado que el Presidente gobierne sin Congreso. Este es un número muy similar a las personas que hoy apoyan que Castillo sea restituido como presidente o que se le permita asilarse en otro país (Fuente: IEP, IPSOS, Centro Wiñaq 2022).


Los hechos y las cifras nos dan una misma conclusión: las sucesivos espasmos autoritarios que hemos vivido han hecho que una parte de la población le pierda fe al sistema democrático, especialmente en su forma representativa, en consecuencia generando una admiración por los caudillos golpistas y un desprecio universal por las instituciones que buscan reprimir sus impulsos. No tenemos un sistema perfecto, eso nadie lo va a negar, pero este debe ser salvado y reformado, en vez de dejar que se ahogue y sea triturado por aquellos que no quieren vivir en la legalidad.


No habremos tenido la mejor experiencia democrática en los últimos 25 años, pero en algún momento si nos pudimos permitir pensar que las cosas iban para mejor y no para peor. Rescatemos esa sensación y con ese impulso, empecemos a pelear por la democracia.


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